Test

Aqui busca por apellidos, lugares,etc.

15 may 2013

LA MISION DE ESDRAS


LA MISIÓN DE ESDRAS.
(Jerusalén, Siglo VI A. de C.)
Esdras, el escriba, trabajaba febril, apasionadamente.
Sus manos ajadas trazaban sobre el papiro las cuñas del alfabeto cónico que sus mayores habían aprendido de los opresores caldeos. Al escribir, era consciente de su solemne tarea: compilaba, completaba, unificaba un gran Libro disperso que era, más que la Historia, el alma de su Pueblo.
Desde su ventana, Esdras, el escriba, podía ver las colinas casi doradas iluminadas por el sol, la Ciudad recuperada, el Templo reconstruido hacía apenas una generación. Los servidores de Nehemías, el gobernante, levantaban -piedra sobre piedra- las murallas de Jerusalén.
Los dos hombres protagonizaban una carrera contra el tiempo, porque cuando Nehemías hubiera levantado las murallas, Esdras debería proclamar ente el Pueblo la Torah, el Libro de la Ley.
No era tarea exenta de riesgos, porque quien levanta una muralla se compromete a defenderla, porque quien proclama una Ley se obliga a mantenerla. Moabitas y samaritanos, viejos enemigos, merodeaban la colina de Sión. Los obreros trabajaban en permanente vigilancia, listos a repeler una agresión.
Nehemías llamó a uno de sus servidores y le mandó ocupar un puesto de vigilancia en la cumbre del muro. Esdras, el escriba, era también poeta. Meditó brevemente y escribió: “sobre tus murallas, Jerusalén, he apostado un centinela”.
El Pueblo.
Acaso el largo peregrinar por el desierto -mucho más de los 40 años bíblicos- generó en el Pueblo Elegido esa particular idea de Dios, tan diferente a todas.
Austera raza de pastores nómadas, los israelitas no aceptaban como dioses a montañas, planetas ni animales: adoraban a Dios, Único y Todopoderoso. Un Dios a quien no podía comprarse con sacrificios, un Dios que reclamaba del Hombre y del Pueblo un severo conjunto de normas morales, un Dios cuya Alianza sólo podía mantenerse mediante la estricta observancia del Bien.
Los más lejanos recuerdos de aquel Pueblo se remontaban hasta un antepasado común, a quien Dios convocó para peregrinar por el desierto, cumplir su Ley y ser padre de muchas naciones. Los descendientes de ese hombre -Abraham, Isaac, Jacob o Israel- padecieron después el cautiverio en Egipto, las duras condiciones del emigrante sometido al poder ajeno: hambre, trabajo forzado, planificación familiar obligatoria. Pero, acaudillados por Moisés, ellos alcanzaron la libertad y –otra vez en el desierto- encontraron su Dios, recibieron su Ley y la promesa de su Liberación.
Distintos sucesores de Moisés los condujeron a la victoria, que sólo era posible mediante el cumplimiento de la Ley: los humildes pastores alcanzaron su Tierra Prometida, la hicieron fructificar y la defendieron con las armas en la mano.
Dejaron de ser nómadas y se volvieron sedentarios. Cambiaron el pastoreo por la agricultura. Establecieron un Estado. Otro héroe nacional, David, tomó por asalto la estratégica colina de Sión, haciendo de ella su capital. Su sabio hijo Salomón levantó en esa colina el Templo más hermoso, para adorar al Dios Único.
Dos tendencias se disputaban sus espíritus: el monoteísmo establecido en los Mandamientos de Moisés, y la idolatría de sus numerosos vecinos.
La austeridad propia de los nómadas, la nostalgia por la solitaria vida en el desierto, la voluntad de mantener el contacto entre el Señor y su Pueblo, vigorizaban el monoteísmo. El sedentarismo agrario, la sensual atracción por la riqueza y el lujo, la necesidad de mantener una fuerza armada, el sofisticado culto de dioses extranjeros, pervertían y desafiaban la Ley.
Esa relación agónica entre el hombre y Dios, caracterizó la vida política y espiritual de Israel.
El destierro.
Pero el pueblo pecó, convocando la tragedia.
El Pueblo se dividió, aceptó dioses extraños y el año 586 A.C. los babilonios tomaron Jerusalén, destruyeron el Templo, y condujeron en rehenes a los gobernantes y hombres cultos de la Nación.
Sobre los ríos de Babilonia, ellos lloraron su tragedia y añoraron su Patria: “si yo te olvidare, Jerusalén, que me falle la mano derecha, que se me pegue la lengua al paladar si no te recuerdo por encima de mi alegre canción”. Pero en la soledad del destierro, ellos siguieron adorando al Dios Único, practicando las severas normas morales dictadas en el Sinaí y celebrando cada año su Pascua, fiesta de Liberación en la que prometían reunirse de nuevo, “el año que viene, en Jerusalén”.
En esa tierra de exilio se cumplió el Gran Cambio, aquel proceso de renovación y depuración espiritual que salvó al Pueblo después de su caída. Se cumplió así la profecía de Ezequiel: “y os daré un corazón nuevo y un espíritu renovado infundiré en vuestro interior”
El Libro.
Cuando volvieron a Jerusalén para levantar otra vez su Templo, eran ya conscientes de que como Pueblo Elegido les esperaban duras pruebas; pero traían consigo el testimonio de su maravillosa historia, la impronta de su relación directa con Dios. Viejos papiros -escritos en la noche de los tiempos- constituían su más querida herencia. Hombres santos, pertenecientes a las familias sacerdotales de Moisés y Aarón, habían escrito diferentes versiones de la misma historia.
Seiscientos años antes, en la corte del Rey Salomón, un sacerdote descendiente de Aarón, el “yahvista” había recopilado antiguas tradiciones. Su mensaje es que Dios siempre concede su Gracia al hombre, pero el Pueblo y el Rey han de estar vigilantes, porque el cumplimiento de la Promesa dependerá, en última instancia, de la conducta humana.
En la aldea sacerdotal de Silo, un moisita -descendiente de Moisés- había escrito también. Es el “elohísta”, cultor de un monoteísmo absoluto que no permite siquiera dar un Nombre a Dios: el Señor es “Elohim”. Su autor se preocupa por la moral, considera que es necesario obedecer a Dios pero nunca por temor, sino por respeto. Posiblemente fue el “elohísta” quien escribió el Decálogo, animado por la idea central de que toda la vida debe transcurrir bajo la mirada de Dios.
Una versión sacerdotal, -escrita posiblemente bajo el gobierno de Ezequías- enfatizaba la necesidad de centralizar el culto e insistía en minuciosos aspectos litúrgicos. Reiteraba el papel protagónico que, a juicio del escritor, debían tener siempre en el culto los sacerdotes aarónidas, descendientes de Aarón.
El Deuteronomio, compilado en la corte del Rey Josías y presentado como el Testamento de Moisés, unificaba parcialmente todos esos textos. Los investigadores contemporáneos atribuyen al profeta Jeremías, vinculado a la aldea sacerdotal de Silo y a la familia de Samuel, la redacción final del Deuteronomio e inclusive algunas modificaciones escritas ya en el destierro babilónico.
Muchos siglos más tarde, en su Encíclica Divino Affante Spirito, el Papa Pablo VI admitió que todos los escritores biblicos habían sido animados por el Espirutu Santo.
El escriba.
Esdras, escriba de la casta sacerdotal de los aarónidas, volvió a Jerusalén en compañía de Nehemías, gobernador nombrado por el Rey de Persia, aproximadamente el año 510 A.C. Traía consigo “La Ley de tu Dios, que está en tus manos”.
A falta de un Rey judío, ellos reconstruyeron las murallas de la Ciudad. Debieron defenderse de varias incursiones de sus vecinos hostiles: “la mitad de mis hombres trabajaba en la tarea y la otra mitad, provista de lanzas, escudos, arcos y corazas, se mantenía detrás de la muralla” escribe Nehemías.
Mientras Nehemías levantaba la muralla, Esdras trabajaba una versión final de los libros tradicionales. El Pentateuco, los Libros de los Jueces, Samuel y los Reyes, son con toda probabilidad la Obra Inspirada de Esdras, reconstructor de la unidad nacional y religiosa de la Casa de Israel.
Cuando el Libro estuvo terminado y las murallas levantadas, los dos hombres reunieron al Pueblo y proclamaron la Ley frente a la Puerta del Agua. Todos juraron obedecerla. Con la espada en la mano, los hombres de Nehemías garantizaban que esa Ley sería defendida.
Algún día, cuando se hubieran cumplido setenta semanas de años, un Hijo de David atravesaría las murallas, para construir el nuevo Reino.

No hay comentarios: