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10 jul. 2015

Y LOS DECIMOS...DOCTORCITOS


Pastillita para el Alma
 Las 7 de la mañana, un día lluvioso, con un frío que cala los huesos.
Gente apresurada, muchos con rostros que denotan rasgos de dolor, o de ansiedad, con su carnet y su recibo de pago de la consulta en la mano, haciendo penosamente una cola de gente entre hombres, mujeres y niños, jóvenes y ancianos, algunos en sillas de ruedas, o sostenidos por bastones de madera, cuál báculos que de ninguna manera denotan autoridad.
Personajes uniformados de chaquetas celestes, señoritas con el mismo color de vestido, rígidos,
impávidos, con caras mal lavadas, ojos somnolientos, con miradas pérdidas, pensando tal vez en su desayuno, o en la casa que apresuradamente abandonaron para llegar a tiempo a marcar tarjetas de asistencia. Señoritas unas jóvenes, otras entradas en años, con uniforme azul turquesa y cofia, como sombrerito a la pedrada, que más que enfermeras ahora llamadas licenciadas, parecen, algunas de ellas, vampiresas a caza de un viejo con plata o un joven con futuro.
Las 8 de la mañana, se abre una ventana hecha en una puerta cortada por la mitad, que tiene una tabla como mesita o repisa. Una voz fuerte, chillona hiriente, con un legajo en su mano, que es el historial del infeliz que cayó enfermo y espera que le respeten su turno.
La puerta se abre ingresa el paciente que desea entrar con su acompañante, pero al que una mano enérgica le detiene en seco y ordena… solo el enfermo.
Un hombre, de mediana edad, que ni siquiera levanta los ojos de lo que está leyendo, con su mandil que alguna vez tuvo la pureza de la blancura de las cosas buenas y ahora se muestra entre crema y plomizo, con bolsillos desbocados, un lapicero de tinta seca y un estetoscopio al ristre, como si fuera una arma que mata o una guaraca que defiende.
“Doctorcito buenos días”
“Que tienes, que te trae por acá, que te duele?”
“Doctorcito ¿Me puedo sentar?”
“Bueno al grano, desde cuando estás enfermo, ya te ha visto otro médico y que te ha dicho y que tomas?... Acuéstate en la camilla y no manches la sábana con tus pies…
“Doctorcito me saco la camisa”
“No es necesario,…pone un manguito para medirle la presión, le dice, respira con la boca abierta, aflójate, la correa… ¿Te duele aquí? Eres diabético, sufres de la presión, eres reumático, tienes cáncer, te han operado de algo y ….
“Ya siéntate…, escribe una receta con una letra que no se entiende, hace un garabato, pone un sello y ordena a media voz… cuando tengas estos análisis regresas en 10 días.
“Señorita, que pase el otro”
Y allí por los pasillos de los hospitales, posiblemente no de todos, porque sería cruel afirmar que estas escenas son comunes, caminan los muertos cargando las cruces de sus males y dolencias, víctimas de ausencia de leyes que los protejan y también deambulan los semidioses, escondidos en sus mortajas de indiferencia, justificando su comportamiento por ser mal pagados o porque equivocaron su profesión, creyendo que solo sirve para amasar fortuna
Aunque ustedes no lo crean, esto sucede y parece mentira o una escena de esas películas, donde nos recuerdan los campos de concentración de la época de una guerra cruel en que la soberbia de hombres que se creyeron dioses trató a infelices criaturas que en su desgracia fueron sus creaturas de su maldad y su odio.
El vil dinero marca la diferencia.
sta escena en los consultorios de paga casi con los mismos personajes son vistos en otra forma, hay pasillos relucientes, perfumados, escritorios con finos acabados, sillones mullidos y camillas con sábanas que se cambian para cada paciente, señoritas amables y sonrientes, profesionales de la salud corteses, muchos, son los mismos que ahora te atienden por una buena paga y como dicen que se justifica, porque la gente reconoce el esfuerzo que les costó ser médicos.
Definitivamente, estoy seguro, que los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza, de la Región Amazonas, pertenecen a la generación de los profesionales de la Salud que han iniciado sus estudios llevados por una verdadera vocación de servir a nuestros pacientes “porque las obras de buenos y de sabios están en las manos de Dios” y por lo tanto nuestros actos deben ser hechos para ayudar a los que sufren.
Que grata satisfacción tiene una persona haciendo un favor.
Que tristes decepciones chancan el corazón cuando al solicitar un apoyo o pedir un favor, te niegan o te tratan despóticamente.
Siempre será más grato dar con amor y nunca siquiera recibir las “gracias” que no se refleja en los ojos que son los espejos del alma.
No interesa la ingratitud, aunque sea el grito silencioso que te resiente y a veces te humilla, porque siempre será el tiempo el mejor remedio que curan las heridas y es nuestro Padre Celestial el que nos da la sabiduría y de El recibimos su ciencia.
Es bueno saber que la vida es una toma y daca.
Hay personas de nobles sentimientos como los VOLUNTARIOS DE LA MISION, que hacen el bien sin mirar a quien, aquellos que entregan sus servicios por el amor y el consuelo a nuestros semejantes. Los que viniendo de lejos ponen sus conocimientos en bien de los enfermos, ponen las mejores palabras de dulzura para consolar y los que poniendo las manos en los hombros de nuestros enfermos, les ayudan a cargar el peso de sus cruces.
Sabemos que todos, grandes y chicos, niños, jóvenes y viejos, ricos y pobres, los citadinos y los campesinos, los de diferente raza y religión y aún aquellos que disfrazados de ovejas, son lobos que sacan provecho con sus protagonismos o sus envidias y odios innatos, tenemos un destino común, que es la muerte que cargamos desde que llegamos a este mundo.
Por eso disfruta de todo, del pan que comes sin quitale a nadie, del vino que bebes, mientras sus excesos no dañen a nadie, goza a plenitud del amor que te prodiga la vida y trabaja con gusto y con alegría, y haz tus cosas lo mejor que puedas, poniendo empeño y gran voluntad, sin engañar a nadie, “porque en el sepulcro que es donde irás a parar, no se hace nada ni se piensa nada y no hay ni conocimientos ni sabiduría que valga”.
Jorge REINA Noriega
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