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19 feb. 2017

GILA CALATA AGITA EL MISTI POR CULPA DEL ALCALDE

Anécdota policial de Javier Gamero Kinosita, galardonada en el Concurso de Anécdotas Policiales de la International Police Association (IPA) .

GILA CALATA AGITA EL MISTI POR CULPA DEL ALCALDE

Dentro de los multiples y nítidos recuerdos que dimanan del ejercicio de la profesión policial y que todos los oficiales de policía conservamos en la memoria y atesoramos como un cofre de joyas guardadas, quiero extraer y relatar una anécdota que espero cobre dimensiones pedagógicas, sobre una intervención policial en un acontecimiento singular, acaecido en la ciudad de Arequipa hacia inicios de los años 80 y protagonizado por su burgomaestre.

Sucumbiendo a los envítes y embates de la concupiscencia y en el afán de desahogar sus apremios sexuales, las trapisondas braguetíles del entonces Alcalde Provincial de Arequipa alteraron el orden y la tranquilidad pública de la ciudad, dando lugar a un suceso policial que motivó que apareciera publicado en la primera página del diario "El Pueblo", un artículo titulado "Gila calata agita el Misti por culpa del Alcalde", estremeciendo semejante primicia a la moralista y muy devota población ariquipeña, desasosegando con ello la quietud de su volcán, el majestuoso Misti y de su serena, reposada y verde campiña, ambos íconos emblemáticos del orgullo de la apacible ciudad.

Ejerciendo yo el cargo de oficial Jefe de Sección de la Compañia de Radio Patrulla de la 14° Comandancia de la Guardia Civil del Perú con el grado de alférez, solicitan por radio la inmediata presencia del oficial jefe de patrullaje motorizado en una calle del centro de la ciudad. Una vez en el lugar de los hechos constato in fraganti en plena vía pública, a una joven  mujer completamente desnuda forcejeando con un individuo, en ropas interiores y con visibles síntomas de ebriedad, tratando de zafarse de su asedio. Si bien es cierto que la presencia pertubadora de aquella muchacha desvestida atrajó la atención de los transeúntes, las miradas se centraron más en aquél individuo embriagado y alterado que protagonizaba, a plena luz del día, ese espectáculo de plebeya vulgaridad; se trataba nada menos que del alcalde de la ciudad.

Al verme la aterrorizada mujer se abalanzó inmediatamente sobre mí, tratando de librarse del acoso del burgomaestre y pidiendo protección y ayuda. Al tratar de apaciguar al alcalde, éste me rogó "encarecidamente" que pasemos a su casa, a solo unos metros del lugar del incidente para explicarme lo sucedido y evitar un escándalo mayúsculo, petición que desde luego, fue concedida por mi parte. Ya en el interior de su domicilio, en un ambiente palaciego y fastuoso, me refirió que sólo se trataba de "una cita galante" con una muchacha de costumbres ligeras, una simple aventura ardiente y turbulenta. La ultrajada mujer, todavía presa de pánico, desvirtuó sus imputaciones, mostrándome escoriaciones en su cuerpo, denunciándole de perversión sexual y acusándole de tratar de obtener el placer erótico a fuerza de golpes y refiriéndole en plena paliza, que prefería a las mujeres forzadas, las que se le resistían, encontrando placer en la humillación y gozo en la extrema violencia.

Al indicarle al alcalde que yo tenía que recepcionar la denuncia y dirigirnos con la agraviada a la comisaría para redactar el parte policial objeto de la intervención, este se tornó irreverente y agresivo, vociferando con prepotencia, lanzando diatribas feroces con adjetivos de grueso calibre contra mi persona y contra la institución que yo representaba, exigiéndome que me retiráse de inmediato de su domicilio, bajo amenaza de gestionar mi cambio de destino a Puno (ciudad que ha sido siempre considerada en nuestro país, como zona de castigo por la inclemencia de su clima y la extrema pobreza que reina en la región) y que solo le bastaba para ello, hacer una llamada telefónica al General Jefe de la III Región Policial con sede en Arequipa o al Ministerio del Interior en Lima. Además me reprochó que si no me iba inmediatamente me denunciaría por la desaparición de un reloj de oro al haber allanado por la fuerza su morada.

La mezquina sordidez, las abyectas calumnias e injurias y la inmoralidad, de quién se supone ser depositario de la sostenibilidad de la moral pública, habían calado hondo en mí, al subestimarse no solo, la sagrada misión policial, sino mancillando el honor de la institución, era necesario actuar con autoridad, decisión y firmeza para restablecer el orden y defender los fueros institucionales y la justicia. Facilité sagazmente la salida de la magullada muchacha del inmueble y al salir el alcalde tras ella, procedo a cerrar la puerta, detenerlo y conducirlo a la comisaría, prolongando la intervención policial en la vía pública a la espera de la llegada de los medios de comunicación alertados. La prensa puede ser una gran aliada de la policía, ya que ella está siempre atenta y vigilante y constituye de alguna manera los ojos y oídos de la sociedad al mantener a la opinión pública permanentemente informada.

El alcalde detenido llegó a la comisaría con un talante soberbio exigiendo la presencia del mayor comisario para denunciarme por allanamiento de domicilio, agresión y robo de un reloj de oro. Permanecí impasible y con las más exquisita urbanidad y disciplina inicié la redacción del parte policial poniéndole a disposición en calidad de detenido. El burgomaestre, al no lograr persuadirme con sus amenazas, cambió de actitud, como un camaleón, dirigiéndose a mí con docilidad y mansedumbre, suplicándome que no continuara, que iba a perjuducar su impecable carrera política y arruinar su reputación, ofreciendo  a cambio compensarme con mercedes y favores y que, con sus contactos podía trenzar con él una provechosa relación para el futuro. Mi determinación era inclaudicable. Ceder hubiera significado una abdicación moral, amputar mi conciencia y traicionarme a mí mismo y a la sociedad.

El alcalde permaneció solo breve tiempo detenido, no sin antes denunciarme por allanamiento de domicilio, agresión y robo de su reloj de oro. A los pocos minutos de su detención habián llegado mis superiores, el mayor comisario y el coronel Jefe de la 14° Comandancia de la Guardia Civil, quienes dispusieron que mi parte policial se asentará sin variación alguna en el Libro de Ocurrencias Policiales Reservadas y ordenaron la inmediata libertad de la autoridad detenida. La denuncia siguió su curso con la discresión y reservas del caso.

Los intentos del burgomaestre de gestionar posteriormente mi cambio de colocación a la ciudad de Puno, se fueron desvaneciendo como las cascadas de agua de los espejismos, habida cuenta que nuestro General Jefe de la III Región Policial GC, supo defender con férrea lealtad, el principio de autoridad de la policía, haciendo frente con aplomo a las presiones políticas provenientes del Ministerio del Interior en Lima , obligando al alcalde a retirar sus infames y mañados cargos. Desde ese entonces la relación entre el General Jefe de la III Región Polcial y el Alcalde de la Ciudad se tornó tensa y distante.

Esta anécdota proporciona una visión crítica de la realidad política y social del país y constituye una muestra liliputiense del cierto quijotismo social y político del que está revestido el quehacer noble y patriótico de la función policial. A veces en el cumplimiento del deber, se tiene que hacer frente a la estulticia de las autoridades y lidiar contra los molinos de viento del poder social y de la política. Pero nuestra profesión es un sacerdocio que nos exige ser dignos de ella, la profesión de policía tiene valores más elevados y no debe de admitir jamás camisas de fuerza, pusilanimidad profesional ni reblandecimiento moral alguno.

Con esta anécdota pretendo derribar las murallas del olvido. A veces es necesario hurgar en el pasado. Esta anécdota es parte de la historia policial y no olvidemos que la historia tiene moral y en cierto modo alecciona. Allí contemplaremos el pasado de esplendor de la policía peruana y comprobaremos a través de su vasto y cotidiano accionar la grandeza de su honor, divisa de la institución.

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