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20 may 2013

CRONICA DE UNA NOCHE CUALQUIERA

German Merino Vigil
 

CRONICA DE UNA NOCHE CUALQUIERA

Casi flaca, piernas largas, anchas caderas, busto pequeño pero firme, Vanessa comienza su jornada a las diez, con una larga ducha de agua tibia, estrecho pero limpio, que comparte con dos compañeras de trabajo. Después de secar su cuerpo minuciosamente, ella vestirá el

breve juego de fina lencería que se quitará esta noche en el momento culminante de su "show" y ya más tarde, si hay suerte un par de veces, en privado, en algún hotelito desconocido lejos del centro. Puede ser que esta noche lleguen puntos de billete al club. Se perfuma minuciosamente, se maquilla muy poco: veterana de la noche, Vanessa sabe que talco, base, loción y desodorante se condensan con el sudor hasta formar una especie de engrudo viscoso y desagradable que después será preciso retirar con un helado baño en la madrugada, quien sabe dónde. Revisa mecánicamente la cartera donde lleva sus implementos de trabajo: DNI, teléfono celular, carnet sanitario, maquillaje, espejito, loción, lápiz labial, preservativos que los puntos a menudo se niegan a utilizar, indispensables toallitas de papel tisú: copetinera.
Artemio Chuquilín empieza a trabajar en la áspera tercera cuadra de la calle Chanchamayo, cerca del mercado, casi a la misma hora. Viste un sacón de lana, lleva quepí, pasamontañas y un garrote. Huachimán. Su chamba es vigilar, de diez de la noche a seis de la mañana, nueve automóviles cuyos propietarios los estacionan en la calle, confiados en los ochenta soles mensuales que cancelan a la agencia informal de seguridad privada que, sin invertir un sol, le paga a Chuquilin apenas cuatrocientos, sin descuento ni recibo. Artemio se apoya en la pared y espera. Más tarde, cuando el supervisor de la empresa haya firmado su cuaderno de control, Artemio dormitará un poco, en el banquito de madera que forma parte de su equipo y que ha colocado cuidadosamente, en un espacio oscuro de la calle.
Exactamente a las diez, Sandra lleva ya tres horas haciendo la calle en la esquina de El Batán con Amazonas, muy cerca del mercado: prostituta. Más bien robusta, morena, bien plantada, con "jeans" muy ajustados y blusa casi transparente ante la vista, la llovizna y el frio, Sandra ha hecho ya cuarenta soles en dos servicios de a veinte prestados a toda prisa: diez minutos por punto, así nomas papito.
Las calles son hostiles, inseguras. Del mercado hasta San José, este barrio tiene una reputación temible: hay broncas, uno que otro asalto, frecuentes peleas a chaveta especialmente cuando en el vecino coliseo deportivo del colegio San Ramón se celebran las fiestas chicha de los sábados, irrigadas con muy poca cerveza y bastante ron barato, de dudosa procedencia. Las calles son estrechas y la iluminación muy pobre, pero Artemio Chuquilin enciende un cigarro con indiferencia: no se mete en pleito ajeno, su trabajo es cuidar carros. A medianoche, cuando crece en la calle el crepitar de las botellas rotas, cuando las camionetas del serenazgo municipal iluminan el parque con sus circulinas rojas y azules, cuando un transeúnte es asaltado en la próxima esquina de Amazonas y Tarapacá, cuando los ronderos salen a la calle para perseguir y extorsionar prostitutas, Artemio compra un caldo verde de a sol a la vendedora ambulante de todas las noches, cuyos clientes son los cada vez más numerosos huachimanes nocturnos, precarios y también explotados guardianes informales de una sociedad en crisis.
Iván Vela sale a la calle a las once, con cinco compañeros. Vigilarán las calles, cobrarán el cupo de costumbre a los comerciantes, perseguirán a las prostitutas, de alguna manera combatirán a los delincuentes. Son ronderos. Desalojada del campo hace varios años, la ronda campesina de Vela es ahora una ronda urbana que ha sentado sus reales en la difícil zona del mercado, donde ejerce su labor, una inusual combinación de seguridad privada y extorsión en pequeña escala. Vela es además líder del comercio ambulatorio y organizador rentado de manifestaciones para cualquier político que pueda requerir de sus servicios.
Cuando la noche es buena, Vanessa puede cobrar hasta cien dólares por unas dos horas de amor eficiente, profesionalizado y bastante convincente, a criterio de sus mejores clientes. Claro, Vanessa puede contar además con las "fichas", cinco soles por cada whisky falsificado de a diez que le pueda sacar al punto que compartirá su mesa. Pero no todas las noches llegan al club puntos de billete, dispuestos a gastar su dinero. Muchos de ellos son simples atorrantes, misios, desagradables "voyeurs", mirones que se gastan diez soles para tomar una cerveza y ver mujeres calatas. Vanessa es bailarina en una "boîte de nuìt" que cuenta con Licencia Municipal y, en consecuencia, no se considera una prostituta. Ella baila, hace su show y después sale con amigos. Eso es todo. Lo que ocurra después será, -piensa Vanessa- un asunto privado.
También habitantes de la noche, los numerosos locos y mendigos de la ciudad no disfrutarán de caldo alguno. Fugitivos del frio, ellos se alimentan de basura nocturna, defecan en el piso y se duermen después al pie de los viejos monumentos urbanos, apenas al abrigo de la noche sin Dios.
Sandra calcula que, después de cuatro días, mañana podrá tomar un buen baño de agua caliente en el balneario vecino a la ciudad. La noche no está del todo mala: si no vienen la batida, el serenazgo ni la ronda urbana, a medianoche espera que sus ganancias le permitan consumir un cuarto de pollo a la brasa, con su gaseosa más. Para trabajar, Sandra y otras cuatro amigas comparten un acceso clandestino a la precaria habitación de cuatro por seis metros cuadrados, equipada con un foco de 50 vatios, un sudado colchón, las mismas sucias sabanas de la semana pasada y, afortunadamente, al menos un cerrojo. Sandra y sus amigas pagan por el cuarto, cada una, cincuenta soles por noche. No está del todo mal: en promedio, deducidos los gastos del oficio y algunos billetes que a veces oculta en los zapatos, Sandra puede entregar cada noche unos sesenta soles a su marido, robusto matón que la vigila de cerca, ojo avizor, chaveta en el bolsillo.
A medias perseguido de día por la vigilancia municipal, el comercio ambulatorio ha expropiado la noche. Emolienteros, anticucheras, salchipaperos, vendedores de cigarros, galletas, dulces, perservativos, licores de "fantasía", también droga son lo que colman la plaza. Varios locales inmediatos venden cerveza y "roncola", que quiere decir ron con coca-cola, dudosos piscos y anónimos champanes a los adolescentes misios que prefieren emborracharse rápido y barato, sin pagar "cover" antes de entrar a las discotecas vecinas. Intratable pandilla de adolescentes, "los del asta" se consideran un grupo exclusivo y le buscan pleito a cualquiera que pase por lo que consideran su predio, frente a la empresa telefónica; los travestis prefieren el crucero de Amalia Puga y Dos de Mayo, frente a San Francisco pululan los borrachos más modestos. El atrio de la catedral, más o menos protegido por una reja, es el dormidero habitual de los excursionistas y los mochileros que no pueden pagar hotel.
Tiburcia Pineda no les cobra a los ronderos; sabe que lo mejor es llevarse bien con ellos. Un carrito de lata y de madera, una hornilla a querosene, vasos de vidrio, agua y hierbas aromáticas constituyen su capital de trabajo. Emolientera. Invierte diez soles diarios en insumos y su ganancia puede llegar hasta veinticinco soles vendiendo a sol cada vaso de su brebaje diurético, abrigador y desinflamante.
A las doce, Melquiades Arce estaciona su taxi "tico" frente a la "boîte de nuít" donde tarde o temprano una pareja solicitará sus servicios: lechucero. Veterano en el oficio, Melquiades sabe que los verdaderos clientes, los que vienen a levantarse una hembra de a cien dolares, no vienen en auto propio. La mayor parte son hombres casados que buscan escapar de alguna cama demasiado aburrida, temen ser identificados si dejan el carro a la puerta y preferirán, en todo caso, tomar un taxi, solapa nomas. Los que vienen en carro son atorrantes, gente que viene a chupar con las copetineras. Esos son los verdaderos puntos, los que están templados de las hembras del club y se quedarán toda la noche, hasta agotar el último e infructuoso centavo. Con ellos no hay negocio. Pero las parejas furtivas de a cien dolares, toman taxi. Los amantes de ocasión están siempre apurados, si pagan quinientos soles por un par de horas de sexo pagarán sin discutir veinte para que Melquiades los lleve – solapa nomas, jefe- a uno de los cuatro hoteles limpios y discretos donde sus clientes siempre encuentran cuarto. Solapa nomas.
A las doce con treinta, la garúa es cruel. Sandra se apura por Apurímac buscando a su cuarto cliente de veinte soles. Piensa que es mejor chambear un poco antes que el frio que atraviesa su blusa la expulse de la calle. Se acerca a un transeúnte, flaco, invítame un cigarro, enciende y se insinúa, el tipo parece interesado, donde pues, aquí nomas, al lado, son veinte soles amor, te hago lo que quieras. Entonces el hombre la sujeta por las muñecas y la calle vomita cinco encapuchados: Sandra ha caído en manos de la ronda urbana. Aquí está prohibido putear, ya sabes, te llevamos a la Comisaria, 24 horas de calabozo. ¿Cuánto hay para un arreglo? Sandra entrega su dinero. Ha recuperado su libertad pero ha perdido sus sesenta soles, la esperanza de un baño, la precaria ilusión de un cuarto de pollo. Mañana la radio dirá que, ante la indiferencia policial, las rondas urbanas han ejecutado un exitoso operativo contra la prostitución clandestina.
Mejor esperar aquí dos horas por una buena carrera antes que aglomerarse en los paraderos interprovinciales de la Avenida Atahualpa, donde unos doscientos choferes inexpertos se disputarán la clientela de algunos viajeros ateridos que regatearán penosamente y al final pagarán de mala gana tres, máximo cuatro soles por una larga carrera hasta sabe dios donde. Además, aquí hay seguridad, la "boîte" ha contratado huachimanes . Melquiades sabe bien que unos ochenta choros, palomillas, escaperos y lanzas acechan esta noche a los viajeros de la Avenida Atahualpa y también, sin duda, a los taxistas.
En Cajamarca, la medianoche ha dejado hace tiempo de ser la hora de los fantasmas. Los espíritus han abandonado la temida calle del Consumidero, junto a la vieja Morgue del Hospital de Belén. Frente a la enorme Iglesia de los belethmitas, la plazuela de día solitaria, es frecuentada de noche por silenciosos adolescentes, que se sientan en círculo alrededor de los bancos de tierra, entre los parterres del jardín. Son fumones, devotos de la hierba que se expende libremente aquí cerca, en la plaza. Para volar, ningún lugar mejor que este espacio discreto, rodeado por viejas paredes de piedra colonial, donde la noche esconde colores desconocidos, luces no imaginadas que solo se adivinan con los ojos de la droga.
Una mujer llora en la noche.
Con 22 años de servicios a la Municipalidad de Cajamarca, con mameluco y gorra, sin guantes ni máscara antigás, Pedro Chilón gana 460 soles mensuales: basurero. Se desplaza sin prisas, apenas empujando su cilindro recolector montado en un bastidor con tres ruedas, entre las nubes de polvo que levanta la precaria escoba de retama que debe recolectar el mismo, porque la Municipalidad no te va a dar trabajo y encima quieres que te regale escobas, que te has creído cholo insolente.
Melquiades estaciona su taxi, enciende radiomar y espera. Ni hablar de entrar al club, cuesta muy caro y además, ya se sabe, ni siquiera un taxista experimentado está seguro de no aceptarle un trago a una buena hembra. A cualquiera le meten un "pepazo" en la copa y entonces adiós, Melquiades. Espera aquí tranquilo, solapa nomas.
A la una con cuarenta, Vanessa sale a la pista de baile, erguida y desafiante como un soldado listo a la batalla. Con una voluptuosidad mecánica y calculada, se desviste lentamente, se despoja de su fina lencería al ritmo cada vez más denso del cuadrafónico que anuncia que ella es como un pecado mortal, como un veneno fatal.
Puntualmente a las dos, Vanessa lanza al aire su calzón, ave color de rosa cuyo vuelo propicia los aplausos. Después recorre la sala exhausta, desnuda y sudorosa. El "show" ha sido un éxito, esta noche Vanessa pondrá precio, escogerá el mejor punto de la sala.
Nadie barre la calle a medianoche, porque después la vuelven a ensuciar. Para ahorrarse esfuerzo y hacer de una sola vez su mal pagada labor Pedro Chilón prefiere el filo de la madrugada, cuando ya los vecinos han vertido la totalidad de su basura, cuando ambulantes y emolienteros han descartado sus residuos, cuando bares y cantinas han abrumado la calle con el turbio aserrín de la madrugada, empapado en cerveza y gargajos, muchas veces también en sangre, a quien le importa.
Una mujer llora en la noche
A las cuatro con treinta, cuando las chicas y los puntos abandonan rápido los hoteles, chau amor, nos vemos otra noche, cuando los viajeros empiezan a exigir habitaciones cuando los basureros se apuran, cuando los huachimanes empiezan a pensar en el suelo cada vez más próximo, cuando los ronderos se dispersan y los carteristas se reparten las ganancia de la noche, el Chavo prospera. Su quiosco "Dulce Amanecer" ha sido desplazado hasta más allá de la Plaza Bolognesi, pero el Chavo sabe que esta noche tampoco le faltarán clientes para sus robustos caldos de gallina, famosos de veinte años en la bohemia local. La noche ha sido intensa y el Chavo abre el negocio. Melquiades llega, deposita en el quiosco su cargamento de borrachos y, después de pensar un poco se sienta en otra mesa y pide también un caldo. Aquí acaba la noche.
Cuando un sol todavía melancólico derrota difícilmente al alumbrado eléctrico y empieza a desplazar a la garúa, cuando las panaderías empiezan a atender a sus primeros clientes, cuando salen del club los últimos mirones, cuando empieza el "footing" en la carretera solitaria, cuando Sandra ha logrado por fin agotar las últimas gotas de su llanto, empieza un nuevo día en Cajamarca.

geminno@gmail.com

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