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3 jun 2013

NOCHE DE FIESTA EN CHICLAYO

German Merino V.

NOCHE DE FIESTA EN CHICLAYO.

 Mágica noche de mayo del olvidado año setenta. Noche de luz. Cuarenta reflectores precipitan otras tantas cascadas de luz blanca y celeste que inundan el Coliseo Cerrado, decorado esta noche con los
nuevos iconos de la cultura local: el Tumi de Oro, la imagen de Naymlamp, el Dios del Mar y las estilizadas garzas blancas de la empresa cervecera que promueve la fiesta; desde temprano, unas diez mil personas, en su mayor parte jóvenes, aplauden impacientes a los 42 músicos de la orquesta capitalina Domingo Rullo, todos impecablemente vestidos de frac, pechera blanca y corbata "michi" que han venido para animar la fecha inaugural del Primer Festival Internacional de la Canción. Esta noche, la primera del festival he cumplido justamente 19 años y estoy, cosa propia de mi edad, enamorado.

La batuta del Director golpea secamente el atril y todos callan, porque ya Mayté Montenegro levanta las notas de la primera pieza. Conmoción en el grupo, en todos los grupos, porque se trata de una canción de amor y todos los diez mil espectadores estamos enamorados esta noche, todos experimentamos por alguien la insólita ternura que comunica la canción: "niña linda, tacita de té, yo te amo hasta el fondo de tu piel, …" ; todos estamos aquí como parte de grupos más o menos homogéneos, grupos integrados por muchachas y muchachos que aun no han superado el gregarismo de la adolescencia, tímidas parejas que encuentran en el grupo, en la "collera", la cobertura ideal para pasar más o menos desapercibidas y poder, a la vez, estar un poco juntos, de repente pasar el brazo sobre un hombro, estrechar una mano con devoción furtiva y repetir al oído, simplemente como quien corea la canción: "……niña dulce, platito de miel, cada día yo te quiero un poco más".

Chiclayo, tierra generosa: cualquiera se goza, en verdad, con poca cosa. Para pagar la entrada al Coliseo he reemplazado la cena de esta noche con una ración de emoliente y chancay, aquí cerca nomas, en la "esquina del movimiento" de Balta y Pedro Ruiz, muy cerca de mi cuarto de estudiante en el callejón Servigón, casi al final de la calle Teatro. Eso me permite, aun, conservar algunos soles en el bolsillo y sé por experiencia que no se necesita más para alternar con mi grupo compuesto totalmente por estudiantes, futuros estudiantes en verdad porque la Universidad se halla todavía recesada, lo que no nos impide considerarnos estudiantes: hemos ingresado hace cosa de un año a la Universidad Nacional de Lambayeque y cualquiera de estos días empezarán las clases; entonces será la hora de estudiar duro y parejo, qué duda cabe, pero por hoy, por esta noche al menos no, porque es noche de fiesta en Chiclayo, porque somos jóvenes y optimistas, porque el mañana está muy lejos y porque, después de todo, el presente es hermoso, inagotable y se expresa en la música, en la noche a la vez fresca y tibia, en la tacita de té de grandes ojos negros cuya presencia nos invita, por qué no, a ser felices. Noche de Festival.

La verdad sea dicha, la suerte del Festival ha sido decretada dos o tres semanas antes, en una turbia cena de periodistas celebrada en el Trébol de la Plaza de Armas, que en Chiclayo preferimos llamar el Parque: dos o tres mesas juntas, un mantel, abundante piqueo criollo, más bien pocas cervezas y bastante ron Cartavio blanco, el veneno predilecto de las ocho o diez cabezas perdidas que a nuestro modo gobernábamos la opinión pública de Chiclayo: Freddy Medianero, Alfonso Tello Marchena, el "gallo" Vélez, José Ramírez Ruiz, José Abad Valiente, Carlos Humberto López, Christian Díaz Castañeda , en fin la bohemia logia de los periodistas locales a la cual he logrado incorporarme después de pagar durante varios meses un duro derecho de piso . El gordo Febreros paga la cuenta: pedante y detestado, Febreros posee una billetera importante, porque es relacionista público de la nueva Cervecería del Norte que ha instalado hace algunos meses, en el arenal de Motupe, una nueva fábrica del brebaje nacional.

Porque yo llevaba una doble vida en Chiclayo y mi juvenil collera universitaria estaba muy lejos de la bohemia periodistica local, que esa noche asumia el encargo de promocionar una nueva cerveza.
El producto se llama Garza Blanca y es realmente malo, admite el gordo Febreros. Pero después de todo, todas las cervezas son iguales, se trata de imponer la marca, hay que enseñarle a los chiclayanos a tomar cerveza chiclayana porque si no donde acabaría la industria regional. Hay que crear una identidad, nos dice y por eso Garza Blanca está auspiciando el Festival, para que Chiclayo llegue al nivel artístico de Ancón o de Viña del Mar: si es necesario gastar, pues se gasta y se acabó. Más aun, es necesario que Chiclayo gane el primer premio y para eso están ustedes, muchachos, dice Febreros y nos presenta a un comensal silencioso, más bien obeso, con la piel cenicienta del diabético y con unos ojos azules, inmensos, inexpresivos: se trata de Juan Gonzalo Rose, un poeta de verdad que la Cervecería del Norte ha contratado en Lima para que componga el mejor vals, el que debe ganar el Festival para levantar la imagen deChiclayo y, obvio, de Garza Blanca.

Entre incómodo y divertido ante el desconcierto general, Rose habla y a sus primeras palabras los bohemios hemos reconocido a uno de los nuestros: si, se puede componer un vals por encargo, dice el poeta: ¿Por qué no? Más aun, la única manera de componer buenos valses es pagando bien a los buenos poetas, hasta hoy los compositores han sido zapateros analfabetos como Márquez Talledo, borrachitos de puerto como Sotomayor; por eso los valses son huachafos, llorones, por eso no alcanzan la calidad de un buen tango argentino. Exaltado, el poeta pregunta si acaso los periodistas de Chiclayo no saben quien era Mecenas, un romano que pagaba en buenas monedas de oro a los poetas escultores y pintores de la Antigüedad Clásica: el mecenazgo es una institución necesaria, porque el artista tiene derecho a comer y a chupar bien, y por eso Juan Gonzalo podía componer un excelente vals por cuenta de la Garza Blanca, lo que no significaba que estuviese dispuesto a tomar Garza Blanca, a Juan Gonzalo Rose la cerveza Garza Blanca solo le servía para lavar los vasos, que le traigan una Pilsen y que el gordo Febreros no joda, so mercader de mierda.

No sin cierta timidez, el vate saca un ajado cuaderno y nos lee el poema manuscrito que, por encargo de Garza Blanca, ha compuesto para ganar el Festival: "Tu Voz". Imposible desconocer la manera precisa como se inserta en el texto la descripción exacta y austera de un amor que pervive a la derrota…"tu voz existe, amiga en el jardín de lo soñado, inútil es decir que te he olvidado". Rompiendo el respetuoso silencio que ha sucedido a las palabras del poeta, Febreros, también emocionado, saca una grabadora de cinta que reproduce la pista musical del tema: es un vals de verdad, sincopado en cuatro por cuatro auténtico, pero también es un poema, en el mejor idioma, no cabe duda. Por fin, don "Fuco" Tello aprueba: esta es la fórmula chiclayana del nuevo vals, a la vez poético y popular. Habrá que buscar una voz chiclayana para interpretarlo. El viejo "Fuco" conoce casualmente a una chiquilla, un poco pituca, todavía en quinto de media, que tiene una voz admirable para los valses y cuyos padres aceptarían, si se les palabrea bonito, que represente aChiclayo en el Festival. Inclusive, la chibola tiene un nombre ideal para ponerlo en los carteles: Tania Libertad.

Chiclayo vive los primeros días de su Reforma Agraria: recién en junio de 1969 Juan Velasco Alvarado ha expropiado sin pago los grandes latifundios azucareros, propiedad de los "barones del azúcar" a quienes el "gallo" Vélez, el más viejo de nosotros, sigue llamando, como en el siglo pasado, "los civilistas". En Cayaltí, que salía de una dura huelga de seis meses, los sindicalistas, encabezados por el "Chocho" Rivas se han plegado a la Reforma y han expulsado de la hacienda, en ceremonia simbólica, al caballo del patrón. Pero en Tumán los peones habían expulsado a los interventores estatales y finalmente, cuando dos compañías de infantería tuvieron que tomar la hacienda a filo de bayoneta, los cañeros formaron en dos filas, sombrero en mano, para despedir al patrón, don Felipe Pardo, con las mayores muestras de respeto. En Pucalá el linajudo abogado Javier Valle Riestra y González Olaechea, yerno de los patrones, se había girado a sí mismo un cheque por tres millones y medio de soles la tarde del 24 de junio y después de hacerlo efectivo, había pedido asilo político en la Embajada de España, desvalijando a la empresa naciente e iniciando una carrera política que lo conduciría, años más tarde, a los más altos cargos de la República.

La Reforma sirvió, entre otras cosas útiles, para que los peones de las haciendas pudieran disponer directamente de sus salarios, que antes se pagaban en "bonos" o "vales" utiles solo para comprar en los economatos de la hacienda. Calzones o jabón, zapatos o licuadoras, cuadernos o cigarrillos, el economato vendía de todo a precios fijos y estables, generando una economía de circuito cerrado, un enorme enclave azucarero cuya cúspide era la poderosa Casa WOYKE & COMPAÑÍA, abastecedor monopólico de todos los economatos. Pero cuando los peones de Cayaltí, de Tumán, de Pucalá y de Batangrande empezaron a cobrar sus quincenas en metálico, WOYKE se vino abajo en seis semanas, en tres quincenas solamente, porque los latifundios azucareros, como se comprobaría después, estaban totalmente descapitalizados, no podían siquiera sostener sus créditos y su emporio comercial, WOYKE, estaba también quebrado. Así la Reforma Agraria generó un nuevo modelo de circulación monetaria en Lambayeque: la demanda solvente proveniente de las haciendas aceleró el comercio, multiplicó las empresas de servicios y la distribución de productos al por menor. Apenas dos años después de la Reforma, se empezó a construir en Chiclayo el nuevo Complejo Comercial de Moshoqueque, que hasta entonces era un barrio modesto en las márgenes de la Acequia Cois. Actual emporio comercial del norte, Moshoqueque abastece con toda clase de productos a cuatro departamentos y es un ejemplo modélico del nuevo Chiclayo dinámico y comercial, heredero directo de la Reforma Agraria.

Chiclayo es, siguiendo a Mercedes Sosa, "gente de mano caliente, por eso de la amistad". En Chiclayo las amistades se forjan para toda la vida y los rencores son breves, pasajeros. El chiclayano es informal en la vestimenta, alegre en el trato cotidiano, hábil para los negocios y sobre todo, hospitalario.
La legendaria hospitalidad lambayecana tiene su elemento central en la excelente culinaria local, seguramente la mejor del Perú: todavía hoy, casi cuarenta años después, el tolerante endocrinólogo que revisa periódicamente las múltiples dolencias, supuestas o reales propias de mi condición de gastrónomo impenitente, fumador inveterado bebedor mas que social y sedentario permanente, confiesa que ha instalado su próspera consulta en Chiclayo porque aquí el per cápita de gota, diabetes, triglicéridos y colesterol negativo es bastante mayor al registrado en otros lugares del país, producto sin duda de esa admirable sazón chiclayana donde imperan el pato y el cabrito, asediados no obstante por otros platos igualmente excelentes y no tan conocidos.

La mejor causa es la de Ferreñafe, "Ñafe", para los amigos, con su peje seco, su ají panca y su queso serrano. El mejor cabrito es el de leche, que se prepara en Mochumí con su arroz graneado y sus frejoles más. Un subproducto modesto y poco conocido, pero igualmente delicioso es el chirimpico, a base de sangre de cabrito y mano de chiclayana. El culantro y el loche tienen que ser de Íllimo, el ají de Pacora, el limón de Jayanca, pero el cabrito no está completo si no se han incorporado todos los ingredientes en esa proporción exacta que solo alcanzan las manos mágicas de las cocineras chiclayanas. El "espesado" que se sirve tradicionalmente los días lunes alcanza niveles de excelencia en Monsefú. La monumental parihuela nunca es mejor que en Santa Rosa, para ser consumida en las mañanas que siguen a cualquier noche turbia. El ceviche puede ser de tollo, de corvina o mejor aun de mero, pero en todos los casos tiene que ser picante, bien picante, con su pizca de ajo y su culantro y se debe servir con chicha, porque con cerveza solo lo consumen los monses, los desconocedores. La cachema, en cambio es más modesta y se aprovecha mejor frita, con pan francés y un café fuerte para el desayuno, que a veces se reemplaza con un buen caldo de choros, cerca del mercado. La guitarra, que solo se pesca en Chiclayo se sirve seca, en un ceviche especial que se conoce como chinguirito y sirve también para preparar un delicioso picante. La tortilla de raya es otro plato lambayecano que apenas empieza a conocerse. El arroz con pato se sirve en todas partes, porque es el plato regional por excelencia, el potaje emblemático de la culinaria lambayecana, que se sirve los días de fiesta, cuando hay invitados, cuando el ama de casa quiere hacer gala de su habilidad: el "concolón" es el residuo denso y un poco quemado, el que queda en el fondo de la olla, bien impregnado en la grasa del pato y que se sirve como muestra de cariño, al invitado predilecto, al padrino, al novio o al huésped.

En Chiclayo se come bien en todas partes, pero especialmente donde Panchita Roalcaba, que sirve banquetes como para ministro a precios relativamente bajos, en el recreo "La Ñusta", en La Tapera de la Avenida Balta donde los periodistas disfrutamos de un crédito no siempre cancelado, pero mi favorita es una humilde picantería de El Porvenir que ya entonces se llamaba "Fiesta" y que hoy es un famoso restaurante de cinco tenedores registrado en la Guía Michelin.

Chiclayo es tierra de brujos, cuenta don "Fuco" Tello, experto en el vasto folklore lambayecano; alguna vez me condujo a Motupe para asistir a la monumental fiesta de la Cruz de Chalpón, multitudinaria combinación de feria y procesión, reproducción sincretizada del culto a alguna huaca precolombina, cuyo recuerdo pervive en la memoria colectiva y convoca a fieles de todo el norte que le ofrecen sus ofrendas y le piden salud, éxito en los negocios, castigo para sus enemigos. Más cerca está Túcume, la tierra del famoso Santos Vera, padre de una generación de curanderos a quien tuve ocasión de entrevistar durante una" mesa" adornada con santos y espadas, perfumada con sanpedro y otros alucinógenos: "para que te levantes, para que florezcas, para que tengas amor de las mujeres, para que desprecies a tus enemigos"… Tello Marchena puede animar la tertulia horas enteras relatando historias de bandoleros y de chicherías, donde se prepara la temible "chicha de calzón" cuyos efectos irreversibles solo se pueden prevenir, según don "Fuco" cortando la mañana con un buen trago de aguardiente que tiene que ser, eso sí, de Santa Cruz y de ningún otro sitio.

Pero la cultura lambayecana va mucho más allá de su rico folklore: su sede es precisamente la Casa de la Cultura, presidida por el exiliado español Fernando de la Presa que auspicia toda clase de conferencias, conciertos y exposiciones, escribe también en La Industria y tiene un circulo de estudiantes a quienes reúne de cuando en cuando para hablar de política y enseñarnos las viejas canciones de la Guerra Civil, marxismo depurado en guitarras, a ritmo de jota española. Los estudiantes tenemos lideres de verdad, como nuestro secretario general en Derecho Jorge Rojas Cordova, el ultimo sobreviviente de la guerrilla donde murio Javier Heraud.
En La Industria , donde trabajo como aprendizz de periodista y pronto jefe de redaccion, escribe también Nixa, el viejo poeta y tradicionista Nicanor de la Puente cuya columna diaria "A Propósito…" es un autentico repositorio de la tradición lambayecana. Una de mis comisiones favoritas es ir, a cosa de las tres de la tarde, hasta la oficina de Nixa en la Compañía de Seguros Atlas, para recoger y ser el primero en leer su columna del día siguiente. Increíblemente, la columna de Nixa se sigue publicando en La Industria 40 años después, un caso extraordinario de longevidad literaria. En Chiclayo está naciendo "Hora Zero" el movimiento poético juvenil que renovó la literatura peruana de los setenta, encabezada por Camilo Valqui y Juan Ramírez Ruiz, entre otros jóvenes poetas chiclayanos. Aquí empieza también a cantar Homero Oyarce, mi paisano leimebambino. Lejos de ser la "ciudad fenicia" de que escuché hablar en la vecina Trujillo, Chiclayo es campo fértil y propicio para toda creación, tierra hospitalaria para el recién llegado, tierra de amigos, espacio de bohemia y libertad.

Chiclayo es pues el espacio ideal para cualquier muchacho provinciano ansioso, como yo, de beber hasta el fondo la copa de la vida. Aquí aprendí a ganarme la vida con mi querido oficio de periodista. A tenderme la cama, lavar mis propias camisas y afrontar la feliz pobreza del estudiante. En Chiclayo conocí también el amor y la pena, la ilusión y la desesperanza. Conocí la bohemia, adquirí cierta formación política y también tuve que trompearme como los hombres en algún turbio callejón de medianoche, disputando los favores de alguna samaritana nocturna

Los romanos decían "ibi bene, ibi patria": donde eres feliz, ahí está tu Patria. En ese orden de ideas Chiclayo es también mi Patria, porque en Chiclayo fui feliz.
Nunca tan feliz por cierto como en la tercera noche del Festival, cuando vistiendo mi baqueteado saco "sport" de lanilla, una camisa nueva y un pantalón cuidadosamente planchado me encaminé al Coliseo, llevando por esta vez algunos billetes en el bolsillo. Los periodistas habíamos hecho nuestro trabajo, en una versión libre de lo que hoy se llamaría "marketing" y ya era una decisión colectiva que Chiclayo debía ganar el Festival. Juan Gonzalo Rose había sido entrevistado en todos los medios, el tema musical se había difundido por todas las radios –atropellando las reglas del concurso- y la voz de Tania Libertad era ya identificada por todos.

Nadie quedó decepcionado esa noche cuando la cristalina voz de la cantante entonó, con infinita dulzura "está mi corazón, llorando su pasión, su pena, y la antigua condena, que escribimos los dos". Un aplauso unánime, multitudinario, estremeció el Coliseo y anuncio, mucho antes que el Jurado, el tema ganador: "Tu Voz" de Juan Gonzalo Rose, en la voz de Tania Libertad. Chiclayo ganaría el Festival, la Garza Blanca ganaba en identidad lambayecana. Pero sobre todo, esa noche nacía un nuevo estilo de canción peruana, poética y refinada, pero también popular y masiva.
Han pasado los años. Ha corrido, para usar un lugar común, mucha agua bajo el puente de Reque, donde salvé mi vida, milagrosamente, durante las inundaciones de 1972. Pero todavía voy a Chiclayo de cuando en cuando, en busca de mis propias huellas. Me gusta recorrer sus calles estrechas, saborear sus potajes, visitar a los amigos. Por las noches suelo escapar de la compañía conyugal y deambular solo, ir al Parque Aguirre para ver a las parejas abrazarse al pie de los mismos arboles, visitar también algunos bares turbios y beber, solo, alguna que otra cerveza melancólica a la salud del pasado. Han pasado los años, sin duda. Pero hoy los recuerdos se han amontonado en mi memoria y me han obligado a escribir. Han pasado los años, pues y el nuevo estilo de vals, a la vez poético y popular que diseñaron Juan Gonzalo Rose, don "Fuco" Tello y el gordo Febreros una noche turbia de mayo no ha llegado a popularizarse. Tania Libertad alcanzó el estrellato, pero el tema es distinto. Se trata del viejo estilo de vals, huachafo y llorón, tan detestado por los poetas, pero intenso y popular que encarna, a mi modo de ver, toda la nostalgia del pasado, siempre en la voz de Tania: "….aunque aciago el destino, dividió nuestro camino y angustiado para siempre te perdí. Fatalidad, sino cruel….."

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